jueves, 6 de marzo de 2014

La venganza, la fibra

El hombre de mimbre
Si bien abundan en el séptimo arte las historias sobre el paganismo y el cristianismo en lucha, "El hombre de mimbre" es única en cuanto al manejo teórico y filosófico que se da de los elementos que conforman el nudo de esta lucha. También es de las pocas que trastocan el contenido inicialmente moralista en el que cae más de una película que aborda esta temática o de modo contrario; un triunfalismo pagano utópico.

En esta perturbadora película de Robert Hardy, elaborada con calma, gran tensión, excelencia narrativa y fluidez, las y los espectadores/as asistimos a una propuesta donde se sugiere el triunfo pagano al que en el párrafo anterior se hizo referencia, pero no de modo demagogo ni obvio, sino poniendo sobre la mesa de modo argumental, los motivos por los cuales y desde esta realidad interna de la película, el paganismo debería haber triunfado.
 
Un Edward Woodward magistral, así como el el resto del elenco, nos invitan a acompañarlos en la eterna dicotomía cartesiana entre el bien y el mal, pero desde un ámbito fantástico y una antropología plenamente "emic", desde las dimensiones más internas de una isla donde sus habitantes se rigen por reglas propias donde se impone una estética del ocio, del erotismo y de lo bucólico de forma muy segura, muy consolidada. Entonces, de modo gradual como ya he dicho, vemos cómo la moral cristiana intenta penetrar en este idilio, rompiendo la algarabía hedonista con la norma, el cumplimiento de la ley, la persecución, la culpa. La fotografía y la música, magistrales, son un añadido fundamental en la historia, en su acentuación de una cierta melancolía de fondo, quizás la melancolía del obligado aislamiento para conservar la felicidad...escenas como las de los/as lugareños/as cantando lánguidamente, en unión completa (la fuerza del grupo frente al individuo que impone en su terquedad) son sencillamente inolvidables. De este modo, la película avanza en un fango lleno de molestas e irritantes adversidades. Porque la grandeza de la misma es mostrarnos que nuestra médula contiene abundante religión, aunque lo ocultemos. Occidente desprende prejuicio, prepotencia, dominio, pero en el fondo no somos nadie frente al poder del gigante, el hombre de mimbre, donde arden al fuego más vivo nuestras escondidas y penosas miserias.
 
Nota que escribí para Filmaffinity el 4 de Diciembre del 2013: http://www.filmaffinity.com/es/film942280.html
 

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