sábado, 17 de mayo de 2014

Cambios y ceremonias

Agradezco a Julia Sánchez-Cerezo el "pase" de esta foto cuya procedencia desconozco.  Yo solo afinaría esta potente estampa con lo obvio: que hay bastantes excepciones.  "Bastantes", excepcionales excepciones en lo que respecta a la fotografía de la izquierda, aunque todavía no suficientes...


El odio de los chicos era peligroso, era penetrante y vivo, un legado prodigioso, como la espada de Arturo arrancada de la piedra del libro de lectura de séptimo. El odio de las chicas, en comparación, parecía confuso y lacrimógeno, amargamente defensivo.  los chicos se te echaban encima en sus bicicletas y hendían el aire por donde habías pasado, grandiosamente, sin piedad, como si lamentaran no tener cuchillos en las ruedas. Y decían cualquier cosa.
Decían, en voz baja: "Hola, furcias".
Decían: "Eh, ¿dónde tenéis el agujero de follar?", con un tono de alegre repugnancia.
Decían cosas que te arrebataban la libertad de ser lo que querías, te reducían a lo que ellos veían, y eso solo bastaba para provocarles arcadas.  Mi amiga Naomi y yo nos decíamos: "Haz como que oyes llover", ya que éramos demasiado orgullosas para cruzar la calle y evitarlos.  A veces les contestábamos a gritos: "¡Id a lavaros la boca en el abrevadero, que el agua potable es demasiado buena para vosotros!".
 
                                  
 Alice Munro: La vida de las mujeres, trad. de Aurora Echevarría, Barcelona, Lumen, 2011, p.173.
 

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