viernes, 26 de junio de 2015

Ni que fuera por un Oden



No solía comer con mis compañeras de trabajo.  Ellas acostumbraban a quedarse, mientras que yo era más de salir fuera a respirar un poco el aire.  Esos restos de aire fresco que todavía se jacta el smog de regalarnos y que tanto se valoran cuando se trabaja bastante, metida en uno u otro rascacielos.  Pero me fascinaba comer con ellas, aunque fuera a horas excesivamente tempranas.  Abrían sus tuppers con deleite orgulloso y casi cada día descubría una delicia nueva.  Pak chois salteados de las maneras más suculentas, con diferentes salsas, tortitas rellenas de unas verduras amargas y crujientes que en Galicia descubrí se llaman xenos, pero que nunca pude aprender su nombre en mandarín.  Aquellas tortitas, compradas en la calle a precio irrisorio, que saltaban del wok como huyendo de las imponentes llamas donde se pasaban vuelta y vuelta, aderezadas con cilantro fresco; solían tomarlas para desayunar.

Aquel mediodía yo, como de costumbre, no llevé nada de casa a  la hora de almorzar.  Simplemente, salí disparada como tantas otras veces al 7 eleven de abajo y compré una tarrina de Oden japonés para llevar.  Se trata de diferentes manjares hervidos, una especie de sabroso cocido pero hecho a base de distintas pastas y tubérculos.  También hay una palabra china para estas exquisiteces, como ocurre cuando los platos foráneos son reapropiados con elementos autóctonos, pero es demasiado larga y difícil, no podría escribirla, aunque me acuerdo vagamente de su tremenda sonoridad.  Al principio, pensaba que cada ingrediente del Oden para llevar era pasta de trigo o soja.  Pero luego supe que algunas bolitas son pasta de pescado, otras mini pelotas de ginko, de cangrejo, otras son hechas a base de tofu con y sin piel.  Luego está el delicioso nabo conocido como daikon y la patata y los pinchos y veggies que también suelen ser de pasta de soja o seitán.  Todo ello, acompañado de un infaltable huevo hervido y alga kombu.

Comencé a comer como otras veces, con entusiasmo, admirando la variedad de platillos sobre la mesa, sus pacientes explicaciones llenas de detalle, sus risas y la rapidez siempre delicada con que utilizaban los palillos.

Yo sorbía el delicioso caldo oscuro del Oden, cuando de repente, sentí las patas de un bicho del tamaño de una cucaracha adolescente.  Negro como una babosa y casi con seguridad, muerto por ahogamiento en ese vicio culinario que ambos compartíamos.

Hay ciertos actos instintivos que nos repelen.  Actos y por supuesto pensamientos, que nos gustaría extirpar de nuestro cerebro y cuerpos, pero que al ser instintivos no se van de un día ni de un año para el otro.  Más bien se aferran a nuestras entrañas como los más fieles parásitos.

Odié el grito que lancé en aquel momento.  Un grito surgido del capricho más hondo y el cascarón.  Más que de la falta de mundo, del desconocimiento del propio.  Pues los insectos no conocen de fronteras, ni de alimentos.

Nuevamente risas.  Risas de mis compañeras. Ahora más intensas.  Y ternura.  Porque la reacción ante la pamplina ajena por más ridícula que sea, es a veces de alto calibre, de la que comprende y no enciende hogueras.


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