martes, 25 de agosto de 2015

Ante mi crepúsculo


Cuánta poesía escondida...
Y el placer de abrir un poco la cortina.
O de llegar, luego de retirar con lentitud capa tras capa;
al corazón de la alcachofa.

Desde Uruguay, Jeanne Sosa:


ante mi crepúsculo
ante mi crepúsculo la peste es un hilo
la muerte ..un precipicio argénteo
.. el tiempo transparente
en mi corazón entré ayer
palidecida carne de reina venecia
ante mi crepúsculo seré floresta sorda
perpetua elegante cera filosófica
estrella del infierno ..desnuda roseta
circular ..inimitable flor de antaño
vuelta a las minúsculas tristezas
                                                                 Jeanne Sosa

miércoles, 19 de agosto de 2015

El séptimo mes

   El Séptimo Mes, de fieros vientos y chaparrones fuertes, hace casi frío y no me molesto en cargar un abanico.  Entonces, me gusta dormir una siesta cubriéndome con ropas que tengan un tenue olor a transpiración.


Erico Odaka
Sei Shōnagon

lunes, 10 de agosto de 2015

Uniones fascinantes




Pienso en la inefable relación entre el arte y la política
y cómo a veces
simplemente
no tenemos el lujo
para separarlos

                                                      Coco Fusco

jueves, 30 de julio de 2015

Empresa familiar





Las partículas conspiran, permanecen en  órbita de algo inalterable, aseguran la perpetuidad de lo terrible.  Se encargan, como los aguaciles más abyectos, de convertir a la presa en cazadora.

La familia prepara sus pócimas en jardines de invierno.  Cuchichea y maldice cuando un frasco equivocado es abierto.  El número y la alianza alimentan su poder.  Pese a diferencias en edad, grosor y altura, conservan los rasgos informes de generaciones endogámicas, perpetuadas maquinalmente hasta el fin de los tiempos.  En formoles de apariencia y tortitas de huesos tiernos. 

Si lo que buscas es un cuerpo y te lamentas porque la respuesta es el vacío de los hielos, la familia te lo hará pagar caro.  Como si tú fueras la única culpable.  Dirán que te frenes en tu lento andar.  Dirán que al atreverte a abrir la boca para gritar "yo busco", tu ego es tu único asesino.  La familia arruga y besa adentro mientras da la espalda con orgullo.  El vendaval trae lluvias negras de otros tiempos.  Una lluvia que arrasa y ríe.  Es pulpa de cenizas lo que esa lluvia lanza y no agua.  Extrañas maneras de estos cuerpos que forcejean con furia al no haber sido hallados.

Y mientras la familia se aferra a la cabaña como un viejo roble a su tierra, tapándose ojos, oídos y boca.  Cuando la tormenta se disipa, no está ya la familia.  Solo queda el olor pútrido del frasco abierto.  Y la mueca fatal de la vergüenza interpelada.


martes, 21 de julio de 2015

Empatía profunda




¿Te hubieras lanzado al abismo, allí donde el único imperio es venal,

                       allí, donde las carnes internas vibran y succionan todo lo que era sólido

mientras me hablabas de tu sueño más reciente: aquel galgo verde a juego con libros también verdes y brillantes...

te hubieras lanzado a ese abismo, te pregunto


que no quiero llamar mío, porque sería también tuyo si quisieras... solo por un segundo, un triste segundo vendido? 

viernes, 10 de julio de 2015

Escritura creativa en formato taller. Este verano en A Coruña.


Continuamos, sí, continuamos...

Desde aquel primer esbozo de palabras leídas, a ritmo de café y luarquesas a fines del año 2013.  La sensación en la boca de haberlo saboreado y dicho todo.

(De) construyendo sentimientos, ideas, frases a lápiz, apuntes iluminados en el móvil, haikus en flor y más.  Aquí, como siempre, en nuestro pequeño taller nómada de escritura creativa.  En la ciudad preferida de las gaviotas argénteas.

Si quieres formar parte de esta diminuta multitud escríbeme   a    romoreda@hotmail.com

viernes, 26 de junio de 2015

Ni que fuera por un Oden



No solía comer con mis compañeras de trabajo.  Ellas acostumbraban a quedarse, mientras que yo era más de salir fuera a tomar un poco el aire.  Esos restos de aire fresco que todavía se jacta el smog de regalarnos y que tanto se valoran cuando se trabaja bastante, metida en uno u otro rascacielos.  Pero me fascinaba comer con ellas, aunque fuera a horas excesivamente tempranas.  Abrían sus tuppers con deleite orgulloso y casi cada día descubría una delicia nueva.  Pak chois salteados de las maneras más suculentas, con diferentes salsas, tortitas rellenas de unas verduras amargas y crujientes que en Galicia descubrí se llaman xenos, pero que nunca pude aprender su nombre en mandarín.  Aquellas tortitas, compradas en la calle a precio irrisorio, que saltaban del wok como huyendo de las imponentes llamas donde se pasaban vuelta y vuelta, aderezadas con cilantro fresco; solían tomarlas para desayunar.

Aquel mediodía yo, como de costumbre, no llevé nada de casa a  la hora de almorzar.  Simplemente, salí disparada como tantas otras veces al 7 eleven de abajo y compré una tarrina de Oden japonés para llevar.  Se trata de diferentes manjares hervidos, una especie de sabroso cocido pero hecho a base de distintas pastas y tubérculos.  También hay una palabra china para estas exquisiteces, como ocurre cuando los platos foráneos son reapropiados con elementos autóctonos, pero es demasiado larga y difícil, no podría escribirla, aunque me acuerdo vagamente de su tremenda sonoridad.  Al principio, pensaba que cada ingrediente del Oden para llevar era pasta de trigo o soja.  Pero luego supe que algunas bolitas son pasta de pescado, otras mini pelotas de ginko, de cangrejo, otras son hechas a base de tofu con y sin piel.  Luego está el delicioso nabo conocido como daikon y la patata y los pinchos y veggies que también suelen ser de pasta de soja o seitán.  Todo ello, acompañado de un infaltable huevo hervido y alga kombu.

Comencé a comer como otras veces, con entusiasmo, admirando la variedad de platillos sobre la mesa, sus pacientes explicaciones llenas de detalle, sus risas y la rapidez siempre delicada con que utilizaban los palillos.

Yo sorbía el delicioso caldo oscuro del Oden, cuando de repente, sentí las patas de un bicho del tamaño de una cucaracha adolescente.  Negro como una babosa y casi con seguridad, muerto por ahogamiento en ese vicio culinario que ambas compartíamos.

Hay ciertos actos instintivos que nos repelen.  Actos y por supuesto pensamientos, que nos gustaría extirpar de nuestro cerebro y cuerpos, pero que al ser instintivos no se van de un día ni de un año para el otro.  Más bien se aferran a nuestras entrañas como los más fieles parásitos.

Odié el grito que lancé en aquel momento.  Un grito surgido del capricho más hondo y el cascarón.  Más que de la falta de mundo, del desconocimiento del propio.  Pues los insectos no conocen de fronteras, ni de alimentos.

Nuevamente risas.  Risas de mis compañeras. Ahora más intensas.  Y ternura.  Porque la reacción ante la pamplina ajena por más ridícula que sea, es a veces de alto calibre, de la que comprende y no enciende hogueras.